Carlos y yo

En el año 98 conocí a Carlos C., un chico que andaba siempre de negro, era delgado, se reía mucho y no era de ponerse muy metafísico. Amaba la música. Compartíamos esa afición y nos prestábamos discos, aunque creo que él me prestaba más que yo a él. Andábamos en una manchita de gente aficionada al cine, la música y el alcohol.

Nos hicimos muy amigos, aunque no recuerdo muchas conversaciones.

Tenía él una historia con una chica, que parecía nunca acabar por su nostalgia. Yo no tenía ninguna, dado que en esa época los hombres me parecían seres muy parecidos a mí y no tenía mayor interés en enamorarme de alguien así. Tuve una historia corta con un chico, que precisamente dejé porque conocí la atracción sexual y me pareció aterradora.

 

Carlos y yo nos dejamos de ver y nos veíamos después de años, cada cierto tiempo, no recuerdo las razones de nuestros encuentros.

Lo dejé de ver en una época en la que engordó  más de 20 kilos y mucha gente no lo reconocía.

Él vivía en el cono norte y yo en el sur.

Pero siempre estábamos en el Messenger y de vez en cuando charlábamos, sin gran nostalgia de encontrarnos a conversar.

Hace poco le pedí una canción rara que me pidió un chico al que yo adoraba, también se llamaba Carlos y pensé adecuado que Carlos C. encontrara esa canción rarísima pero no pudo.

Luego de un tiempo Carlos C. me pidió un favor inmenso: quería encontrar un libro que no venden aquí, sino en España para antes de fin de mes.

Y tuvo la suerte de que a mí se me encendiera el cerebro y recordara que tenía un amigo (que es amigo, para coincidencia, de un amigo suyo) y venía un día antes de fin de mes, como es músico, creí que comprendería el pedido: le pedí que traiga el libro.

 

La cosa es que G. trajo el libro, se lo entregué a Carlos C. y le pregunté: es para una chica, verdad, o de cuando acá te gusta leer novelas así. Y me dijo: Ya sabes que yo no leo nada.

Y me contó que hacía 10 años que no estaba con ninguna, que no sabía exactamente porqué pero que andaba con gente mayor, que tampoco tenía pareja y no había mayor problema, que se la pasaba con la música y ya. Pero que esta chica le gustaba y quería estar con ella, entonces a la chica le gustaba Poe y las novelas de misterio y él pensó que si le regalaba algo de algún escritor que no fuera conocido pero que fuera bueno y novedoso en esa línea, pues sería una linda muestra de afecto. Y se le habría encendido bien el cerebro porque pensar en mí para solucionar eso, pues había perfecto, porque yo había tenido problemas así de traer y sabía dónde buscar y cómo pedir.

La cosa es que le conté entonces un par de cosas de mi historia con el Carlos, le dije, que a mí me había gustado mucho y que había sentido que yo le gustaba a él y mucho pero que parecía que prefería estar solo, es decir tanto no creo haberle gustado y que me parecía que estaba muy acostumbrado a su forma de vivir y de beber y que no creía que él quisiera cambiar eso.

Y Carlos C. me dijo sí, sí lo haría, que la gente podía cambiar si quería. Pero refuté: tiene 37 años. Me dijo sin turbarse: Sí, sí lo haría.

 

 

 

 

Y la verdad es que no lo haría, ni buscaría una historia de literatura que a mí me guste, cosa que yo sí hice y le regalé un librito recopilatorio de unos personajes que le encantan, que la verdad son muy pajas. Tampoco pensaría en quién podría ayudarle y mucho menos si es alguien que no ve desde hace 6 años. No, esas cosas las hacen las personas que quieren de veras.

Y ahí se cayó todo mi cariño hacia ese Carlos y creció mi cariño hacia mi amigo Carlos C., que de nuevo no creo que vea en mucho tiempo, pero sé que es mi amigo y me da tanto gusto que haya gente que use su cabeza para hacer sentir bien.


Por otra parte, yo también pedí unos libros pero todos eran para mi. Un libro contaba la historia de una chica que se dio cuenta que la soledad era tomar las riendas de la propia existencia y decidir por uno mismo, por si mismo, lo que quiere hacer. Nuevamente brilló mi decisión. Todo lo demás es pasado.

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